No todo tiene que seguir como lo imaginaste

Hay algo que los seres humanos hacemos bastante mal: aceptar que las cosas cambian.
Queremos que las personas sigan siendo como las conocimos, que las relaciones funcionen como antes, que los planes se cumplan como los imaginamos y que nuestra vida mantenga cierta estabilidad.
Pero hay un pequeño problema con eso: nosotros también cambiamos.
Somos seres en constante evolución (como que a veces se nos olvida ese detallito). Cambia nuestro cuerpo, nuestras necesidades, nuestras prioridades, nuestras relaciones, nuestro contexto y la manera en que entendemos lo que nos pasa.
La capacidad de adaptarnos no es una moda de desarrollo personal. Ha sido fundamental para nuestra supervivencia. Si el ser humano no hubiera podido modificar sus conductas frente a un ambiente cambiante, difícilmente habríamos llegado hasta aquí.
Y esto sigue siendo necesario para nuestra vida cotidiana. Adaptarnos no significa aceptar cualquier cosa. Tampoco significa dejar de tener límites, abandonar nuestros valores o convertirnos en personas que dicen que sí a todo.
Ser flexible significa poder cambiar la manera de responder sin perder quién eres.
Y eso nos cuesta muchísimo.
Porque la rigidez suele dar una sensación de control. Cuando tenemos una manera conocida de hacer las cosas, sabemos qué esperar. Cambiar implica incertidumbre, y nuestro cerebro no siempre lleva muy bien no saber qué viene después.
También está nuestra historia. Aprendemos formas de pensar, relacionarnos y resolver problemas que alguna vez nos funcionaron. El problema aparece cuando seguimos utilizándolas en situaciones para las que ya no sirven.
Lo que te protegió en una etapa de tu vida puede convertirse en una limitación en otra. Por eso desarrollar flexibilidad requiere algo que no siempre resulta cómodo: revisar nuestras propias certezas.
Preguntarnos si lo que pensamos sigue siendo útil. Escuchar otras perspectivas. Tolerar cierta incomodidad. Experimentar nuevas respuestas. Aprender de lo que no salió como esperábamos y aceptar que cambiar de estrategia no significa haber fracasado.
También ayuda aprender a regular nuestras emociones, porque resulta mucho más difícil adaptarnos cuando reaccionamos desde el miedo, la rabia o la necesidad urgente de recuperar el control.
La flexibilidad se construye practicándola.
Probando una ruta diferente.
Aceptando que un plan cambió.
Aprendiendo a negociar.
Modificando una expectativa.
Reconociendo que quizá tenías razón sobre algunas cosas y estabas equivocado sobre otras.
Y cuanto más desarrollamos esta capacidad, más recursos tenemos para atravesar los cambios sin sentir que cada movimiento de la vida amenaza nuestra estabilidad.
Porque la vida no va a dejar de cambiar para que nosotros podamos sentirnos cómodos.
Las personas van a cambiar.
Las relaciones también.
Los planes se van a mover.
Y nosotros tampoco seremos la misma persona dentro de cinco años.
La pregunta no es cómo conseguir que todo permanezca igual. La pregunta es: ¿Qué tan capaz eres de moverte con la vida sin perderte en el proceso?
Quizás la verdadera estabilidad no consiste en permanecer exactamente en el mismo lugar. Consiste en saber quién eres mientras aprendes a moverte.
Y eso también es crecer.
— Danel Nouel





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