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Relaciones donde uno exige y el otro solo existe.



Hay relaciones que parecen sostenerse únicamente en reclamos. Donde uno de los dos se convierte en el "detector de fallos", el que siempre señala lo que falta, lo que duele, errores, lo que no se está haciendo bien.


Y no es que lo haga por molestar y ya. Lo hace porque le importa. Porque quiere que la relación funcione (aunque el mensaje a veces se pierda en el camino). Porque piensa que, si no lo dice, nada cambia. Y entonces, se convierte —sin querer— en el motor emocional de ese vínculo.


Mientras tanto, la otra persona se acomoda. No porque no le importe, sino porque se ha acostumbrado a que el otro siempre note lo que falta. A que el reclamo llegue antes que la conciencia propia.


Este ciclo puede parecer funcional… hasta que no lo es. Porque quien siempre reclama, también se cansa. Se siente sola o solo emocionalmente, empieza a agotarse, a sentirse injustamente responsable del bienestar del vínculo… hasta que explota. Y muchas veces, después de explotar, viene la culpa. Por haber dicho “de más”. Por no haber medido el tono. Por haber sentido rabia en lugar de mantener la calma.


Pero, ojo, aquí lo importante: en esa dinámica, ambos están sosteniendo el problema. Uno por accionar sin asumir lo propio, el otro por sobrecargar sus límites en nombre del vínculo.


Reclamar no es malo. El exponer lo que se puede mejorar no esta mal. Lo dañino es vivir en relaciones donde solo hay reclamos y no hay conciencia compartida, no hay reparación, no hay evolución emocional de ambos lados. Porque las relaciones son bidireccionales.


Hay reclamos que son un llamado a crecer y evolucionar. Y hay otros que son el síntoma de una relación que está desequilibrada en la responsabilidad afectiva.


— Danel Nouel

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